La comida y los chicos: cinco tips para la hora de comer

Septiembre 2017

Actualidad

Consejos expertos y un vistazo a Ñam Ñam, el último libro de Narda Lepes con recetas e ideas para que los pequeños aprendan a comer rico, sano y de todo. 

Que no comen nada, que no prueban las verduras, que solo les interesan los dulces, que la hora de la cena es una lucha: escenas que tantos padres pasan a diario junto a sus hijos y que a la vez, si se ponen a hacer memoria, ellos mismos vivieron también cuando eran niños. Porque aun con variaciones la historia se repite, y por eso va a continuación una serie de consejos siempre vigentes para un tema del que es mejor ocuparse sin preocuparse.

La ley de oro: jamás obligarlos a comer

 “Ya sé que hay muchas madres pesadas que dicen que su hijo no come; pero es que el mío, doctor, de verdad no come nada, tendría usted que verlo”, arranca el pediatra español Carlos González a citar una típica consulta en el libro que ajustadamente se llama Mi niño no me come. Repleto de información invalorable acerca de las tablas de peso, nutrición infantil y conductas parentales típicas, el experto se detiene en la idea de no forzar a los chicos a comer. “Cada persona, cada animal, tiene mecanismos innatos que le hacen buscar los alimentos que necesita y comer la cantidad adecuada –explica-. ¿Qué nos hace pensar que nuestros hijos carecen de dichos mecanismos?”.

Para el profesional la “inapetencia” es en realidad un problema de equilibrio entre lo que un chico come y lo que su familia espera que coma y desaparecerá cuando el apetito de ese niño aumente o las expectativas de quienes lo rodean disminuyan. De ahí que la idea de no obligar al niño a comer no es tomada como una vía para abrir el apetito, sino más bien como una manifestación de amor y respeto. “Al dejar de obligarle, va a seguir comiendo lo mismo, pero sin los sufrimientos y peleas que hasta entonces acompañaban a la comida”, marca González.

También advierte el libro que uno de los mayores mitos en torno a la nutrición es el que dice que “hay que comer para crecer”, cuando en realidad es al revés: un chico come porque está creciendo. Y si bien mucha gente cree que el crecimiento es consecuencia de la alimentación, lo cierto es que solo en casos de auténtica desnutrición llega este a verse afectado.

¿Algo a evitar? Sí, los alimentos ultraprocesados

El cambio más notorio en los sistemas alimentarios de un amplio rango de países –tanto de ingresos altos como medianos y bajos- es el aumento del consumo de lo que se conoce como “alimentos ultraprocesados”. Por eso la alimentación resultante se caracteriza tanto por su densidad calórica excesiva como por el hecho de ser rica en azúcares, grasas no saludables y sal y baja en fibra alimentaria, todo lo que aumenta el riesgo de obesidad y otras enfermedades no transmisibles. “La proporción de productos ultraprocesados en los suministros de alimentos puede considerarse una medida de la calidad general de la alimentación de una población”, advierte un estudio (http://www.msal.gob.ar/images/stories/bes/graficos/0000000718cnt-2015-11_obesidad_OMS.pdf) realizado en 2015 por la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

¿Cuáles son los alimentos ultraprocesados?

Lo que el informe aclara de antemano es que no es que los alimentos son o no saludables por el hecho de estar procesados. De hecho el procesamiento se define como el conjunto de métodos para hacer los alimentos crudos más comestibles y agradables o preservarlos para su consumo posterior, lo cual no solo ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad, sino que ha desempeñado además un papel central en la evolución y adaptación humanas. Por eso muchos tipos de procesamiento son indispensables, beneficiosos o inocuos. Los platos caseros -que combinan alimentos sin procesar, o mínimamente procesados, con ingredientes culinarios y combinados con algunos alimentos procesados- son la base de comidas saludables.

Los ultraprocesados, en cambio, son aquellos que se venden listos para calentar o comer tanto en casa como en los locales de comida rápida. Incluyen platos reconstituidos y preparados de carne, pescados y mariscos, vegetales o queso; pizzas; hamburguesas y salchichas; papas fritas; nuggets (patitas o trozos) o palitos (barras) de ave o pescado; y sopas, pastas y postres, en polvo o envasados, panes y galletitas, helados, chocolates y caramelos. También bebidas azucaradas a base de leche (incluido el yogur para beber de fruta); bebidas y néctares de fruta; bebidas de chocolate; leche “maternizada” para lactantes, preparaciones lácteas complementarias y otros productos para bebés. 

La comida y los chicos: cinco tips para la hora de comer

Claro que el aumento en el consumo de estos productos no es solo “culpa” de los padres. Según el Plan de acción para la prevención de la obesidad en la niñez y la adolescencia (2014-2019) de la OPS, para poner freno al constante aumento de comidas ultraprocesadas son también clave las regulaciones legales y el desarrollo de oportunidades en el mercado para proteger y fortalecer los sistemas nacionales de alimentos saludables. 

 

 

No demonizar. Insistir con la variedad. Y dedicar tiempo.

“Ni alimentos buenos ni alimentos malos. Moderación y variedad. Esa es la clave. Pero los adultos insistimos en lo bueno y lo malo. La verdad es que no deberíamos demonizar nada. Si no queremos que los chicos coman algo, está en nosotros que no forme parte de la oferta durante los primeros años de vida. Prohibir comidas no funciona”, arranca sosteniendo Narda Lepes en Ñam Ñam, una bellísima obra de casi quinientas páginas repletas de fotos, recetas, ideas y mucho sentido común.

La cocinera insiste en la importancia de que los chicos coman de todo, algo que se consigue intentando que aprecien una gama amplia de sabores, no cuatro. “La variedad se logra poniendo al alcance de la mano de los chicos la oferta que nosotros hacemos para toda la familia, no sólo para ellos. Que nos vean comer cosas diferentes siempre. Que probar esté bien y sea seguro”.

Lepes habla también de tomarse el tiempo para generar un momento placentero (“aunque sea corto”) y de acompañarlos de cerca en la exploración de las comidas. “No te quedes en lo que ya sabés que le gusta –dice-. Ampliá el menú. Y no desistas en el intento. La comida, los vegetales, las especias, las hierbas y las preparaciones son parte del mundo que es nuestra responsabilidad que un chico conozca”.

Mucho más que simple “comida”

 “Para los seres humanos alimentarse significa mucho más que comer. Por eso alimentar a un niño no es solo satisfacer su necesidad de comida”, señala la edición de 2009 de la Guía Alimentaria que desde 2000 viene realizando el Ministerio de Salud de la Nación. “Se trata de una verdadera experiencia de vida, de intercambio y reciprocidad, entre el pequeño y quien le brinda –además del alimento– cuidados y cariño. Se apoya en formas sutiles de comunicación y de integración social y cultural”, refiere el informe.  

De ahí que entre otras cosas aconseja:

  • Tomarse el tiempo suficiente para darles de comer bien, con tranquilidad, ayudándoles a que conozcan y prueben otros alimentos y se acostumbren a ellos.
  • Ofrecerles los alimentos con cariño, paciencia y perseverancia, vigilando qué come y cuánto come.
  • Estimularlos a comer de todo, pero sin forzarlos.
  • Promover en la mesa un ambiente tranquilo, libre de apuros, ansiedad o disgustos, un momento de comunicación en el que además de comer se aprende a convivir con otros, servirse con moderación, masticar bien y tener buenos modales.
  • No usar los alimentos como premio o castigo.
  • Intentar durante las comidas apagar el televisor y todas las pantallas.

Sobre todo al principio, dejarlos experimentar

¿Qué hay de las primeras comidas, de ese momento alrededor de los seis meses en el que los chicos empiezan a entrar en el mundo de la alimentación?

Un bebé puede arrancar a comer cuando puede permanecer sentado, ha incorporado la succión y la deglución y tiene el desarrollo madurativo para reconocer el sabor, la textura, el color y el olor de los diferentes alimentos. No por nada esa primera alimentación se denomina “complementaria”: porque la introducción de las comidas tiene una función de exploración y aprendizaje, incluso de juego, más que de nutrición. Pero el alimento básico continuará siendo la leche -materna o de fórmula- hasta cerca del año, cuando esa relación comienza a invertirse.

Son varios los pediatras, nutricionistas y padres que para esa etapa en particular han comenzado a difundir la “alimentación autorregulada”, o lo que por sus siglas en inglés se conoce como BLW o Baby Led Weaning.  ¿De qué se trata?  De ofrecerles sus primeros alimentos de una forma que los bebés puedan tomarlos por sí mismos, tocarlos, babosearlos y hasta pasárselos por la cabeza.  En otras palabras: nada de cucharas y nada de purés, y no porque sean nutricionalmente deficientes, sino porque de lo que se trata es de que comiencen desde el principio a comer por sí solos, conociendo los alimentos y regulando su sensación de saciedad.

“El baby-led weaning también tiene la ventaja de convertir un proceso estresante, y en ocasiones demasiado regulado y reglamentado, en un camino divertido, relajado y respetuoso con las necesidades del bebé”, explica Eloísa López, bloguera que en su espacio Una maternidad diferente (www.unamaternidaddiferente.com) publica sus pensamientos sobre el tema, responde dudas y difunde en español parte del libro con el que Gill Rapley y Tracey Murkett popularizaron “el método” en 2008.

Sin caer en la necesidad de seguir una guía a rajatabla, los padres que incorporaron el BLW suelen advertir entre las ventajas la libertad que se da al bebé y el respeto y la confianza en sus tiempos, lo que puede dar lugar a una experiencia hermosa, sin presiones y sobre todo, sin engaños.