La cultura del miedo: la paradoja de “cuidarnos más” para vivir peor

Julio 2014

Actualidad

La obsesión por garantizar la seguridad no siempre redunda en mayor tranquilidad o calidad de vida, por el contrario: muchas veces potencia la incertidumbre y la confusión y favorece el discurso de la “mano dura”. Los medios muchas veces eligen ser cómplices, cuando promueven la sensación de inseguridad sin proponer alternativas para la acción. 

Desde hace algunos años, la problemática de la inseguridad se ha instalado en el tope de las preocupaciones ciudadanas y, prácticamente, no hay dirigente político que no se sienta “obligado” a brindar su punto de vista sobre la cuestión. Pero, cabe preguntarse: esa centralidad en la agenda pública, ¿responde a un crecimiento irrefrenable del fenómeno de la inseguridad real, o se trata de una temática que convoca los enfoques represivos y simplistas que encuentran, en ese marco, su terreno más fértil para instalar y reproducir las supuestas “bondades” de la primacía de lo privado sobre lo público?


Una mirada apenas suspicaz revela que los medios de comunicación argentinos -en todos sus soportes, gráfico, radial, televisivo, Internet- da por hecho que la temática de la inseguridad vende y genera feedback con el público, por lo que monta, sobre la realidad del fenómeno, un espectáculo que apunta, antes que al tratamiento serio del tema, a alimentar el negocio e incrementar, en el plano ideológico, las funciones represivas del sistema.


La propagación de sistemas y dispositivos de “seguridad” (contratación de agentes y empresas de seguridad privada, sistemas de alarmas, cámaras de seguridad etc), ¿han logrado mermar, evitar, superar, esa sensación extendida de conflicto? Evidentemente, la situación es compleja y preocupante, y excede la coyuntura actual.
La temática, pone en juego aspectos tan trascendentes –y a su vez complejos- como las libertades individuales, los acuerdos comunitarios, la delegación de derechos en la tutela estatal, etc. En este sentido, una de las preguntas posibles, es hasta qué punto la seguridad que garantiza, por ejemplo, el Estado –pero también la industria que promete una vida “segura”- redunda en mayor felicidad y tranquilidad y qué ocurre cuando, en cambio, el habitante del mundo contemporáneo ve condicionada o limitada su calidad de vida.


El sociólogo contemporáneo Zygmunt Bauman, uno de los pensadores más interesantes entre los que se han atrevido a abordar la cuestión, sostiene que en la “modernidad líquida”, cuando no parece haber “nada sólido ni seguro en la actual sociedad”, la angustia se vuelve aterradora y paralizante. En este contexto, piensa Bauman, el dilema seguridad versus libertad se ha agudizado como nunca antes.


“Quienes creen que nada podía hacerse para aplacar, y no digamos exorcizar, el espectro de la inseguridad, están atareados adquiriendo alarmas antirrobo y alambres de púas. Lo que buscan es el equivalente de un refugio nuclear personal; denominan comunidad al refugio que buscan. La comunidad que buscan equivale a un entorno seguro, libre de ladrones y a prueba de extraños. Comunidad, entonces, equivale a aislamiento, separación, muros protectores y verjas con vigilantes. Echamos en falta la comunidad porque echamos en falta la seguridad, una cualidad crucial para una vida feliz, una cualidad que el mundo que habitamos cada vez es menos capaz de ofrecer e incluso más reacio a prometer.”
Mientras tanto, en la Argentina el discurso en favor de la necesidad de mayor seguridad es un reclamo que asume buena parte de la población y mientras algunos medios  y corporaciones fogonean el debate -a partir de intereses sectarios, antes que comunitarios- Revista Cabal se propuso tratar la cuestión, a partir de la visión de dos especialistas en cuestiones de sociedad y política, Alberto Fohreig y Víctor Chébez.

El rol de los medios

Un hecho social incuestionable de los últimos tiempos en nuestro país (y por cierto en casi todos los países del mundo, especialmente en América Latina- parece ser la escalada de violencia criminal. El  problema surge cuando ésta es presentada de manera sistemática por los medios de comunicación, en el discurso político y en buena parte de la opinión pública con la intención de generar mayor inseguridad y cuestionar los recursos con que cuenta el Estado para hacer frente al delito. En esos casos, más que la presentación de un problema real, y la posibilidad de avanzar en la búsqueda de soluciones, la idea parece ser sacar beneficio de la situación. 


Para muestra, basta con un ejemplo. Hace algunos días, el suplemento Rosario12 del diario Página/12 publicó una encuesta, realizada durante el Mundial de Fútbol 2014, en que se señala que la máxima preocupación que manifiesta la población de esa ciudad es la inseguridad, y en segunda instancia el narcotráfico.  Siete de cada diez encuestados se ubicaban con alguna referencia a estas cuestiones. Muy atrás aparecían el desempleo, la corrupción y otros problemas”, describe el sociólogo Víctor Chébez (Universidad de Buenos Aires -Universidad de San Martín), consultado por Revista Cabal. “Esta sensación de sentirse vulnerables ante potenciales agresiones externas desplazó, incluso, a las cuestiones económicas. La crisis que comenzó en 1998 y golpeó en el inicio del nuevo siglo como nunca y transversalmente a grandes sectores sociales parece hoy focalizarse en una enorme sensación de miedo colectivo del otro. En este punto es necesario ‘frenar’ el pánico y tratar de entender por qué se produce y reproduce esta sensación.


En relación al rol de los medios, Chébez opina que “la televisión, junto con los diarios, es la que da entidad, pone en la agenda y baja de la misma un abanico de temas, personajes, realidades y todo lo que aparece de interés en la vida moderna. Si ya antes de ir al trabajo o llevar los chicos a la escuela, se ofrece un catálogo visual de todo lo que ocurrió o está ocurriendo en ese momento, y dominan los hechos donde se generan distintos tipos de violencias -entraderas, violaciones, secuestros virtuales, disturbios y muchos otros tipos de situaciones-, esto predispone mal y genera excesivo temor, recelo y respuestas muchas veces violentas en extremo”.

¿Seguir la correntada?

La preocupación y la ansiedad ciudadanas, no solo marcan la cancha, sino que muchas veces la “achican”. Según el politólogo Alberto Fohreig, de la Universidad de San Andrés, “Los ciudadanos demandan logros concretos en la baja de los delitos y una merma en la violencia presente en la resolución de conflictos sociales. Hay sólo dos casos de merma en los índices delictivos: la baja en los delitos contra la propiedad cuando el ciclo económico está en fase de crecimiento -así como explica su incremento cuando el crecimiento es bajo o nulo como en el presente- y la baja significativa de los secuestros extorsivos –el último caso exitoso de regulación informal del mercado delictivo-. En el resto de las categorías ni las políticas de ‘mano dura’ ni las políticas ‘garantistas’  han evidenciado bajas duraderas en los delitos. Es por ello que el debate discurre en la Argentina hace más de veinte años respecto de reformas legales. A falta de resultados, se descansa en la fantasía de que el cambio de normas legales cambia la realidad. Al mismo tiempo, hay un virtual vacío en la discusión sobre políticas específicas respecto a cómo disminuir en los hechos los delitos. La baja legitimidad de los actores y de los resultados de sus acciones ha comenzado a modificar la orientación de las políticas de seguridad para dar lugar a un nuevo paradigma. La respuesta del Estado frente a este doble déficit es la delegación”.


La inseguridad es un desafío que involucra a numerosos actores sociales y plantea un dilema que afecta a todas las instancias estatales: cómo intentar dar respuestas en consonancia con  los reclamos ciudadanos pero abordando la problemática desde su complejidad, atendiendo causas, manifestaciones, expresiones pero también principios ideológicos y filosóficos.  Quizás haya llegado el momento de asumir que en este terreno – como ya ha ocurrido en otros -, no se trata de resistir sino de cambiar de juego y marcar una nueva cancha.