La repatriación de científicos

Agosto 2014

Actualidad

Un largo camino a casa. Miles de profesionales e investigadores se fueron del país tras la crisis de 2001. Hoy, gracias a un programa del Ministerio de Ciencia y Tecnología, están regresando. Las nuevas redes de intercambio.

Nadie que recorra las calles del barrio porteño de San Telmo podrá dejar de observar una manzana en la cual conviven edificios y fragmentos de edificios de diversas épocas y estilos. A este particular punto de la ciudad se lo denomina «La Manzana de las Luces». Una de las instituciones más antiguas que funcionó allí fue el Colegio de San Ignacio, inaugurado en 1662 por los jesuitas, quienes se destacaban por sus tareas educativas. Desarrolló sus actividades hasta que en 1762 el rey Carlos III expulsó del territorio a la orden religiosa. En el costado que da a la calle Perú, sobre una de las paredes que hoy corresponde a una playa de estacionamiento, se pueden ver afiches que reproducen fotos del episodio denominado «La noche de los bastones largos». El 29 de julio de 1966, bajo la dictadura del general Juan Carlos Onganía, las universidades fueron intervenidas y ocupadas militarmente. Cientos de profesores, alumnos y no docentes que ocupaban varios edificios de la Universidad de Buenos Aires en defensa de la autonomía y la libertad de cátedra fueron salvajemente reprimidos. Alrededor de 700 profesionales fueron despedidos o renunciaron, muchos de los cuales debieron exiliarse. Vale el recordatorio en esa pared pues en ese lugar funcionaban entonces las facultades de Ingeniería y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. En la siguiente dictadura, a partir de 1976, muchos científicos desaparecieron o debieron emprender el éxodo. Y años después, ya durante el gobierno de Carlos Menem, la socióloga Susana Torrado reclamó públicamente mayor presupuesto para investigación. Eran tiempos duros: el 26 de septiembre de 1994 la respuesta del ministro de Economía, Domingo Cavallo, destinada al conjunto de investigadores, fue «que se vayan a lavar los platos».


La historia del desarrollo científico argentino es larga y rica en avances y retrocesos y está protagonizada por sujetos concretos. Corría abril de 2002, Silvana Aciar acababa de recibirse de licenciada en Sistemas de Informaciones por la Universidad Nacional de San Juan. En mayo se fue a España por una beca de intercambio otorgada por la Agencia Española de Cooperación Internacional. Trabajó seis meses en el proyecto y luego comenzó el doctorado en Tecnologías de la Información en la Universidad de Gerona, en Cataluña. En 2007 obtuvo su título y continuó trabajando en el ámbito académico, además de iniciar un post-doctorado. «En 2009 me enteré del programa de repatriados PRH-PIDRI lanzado por el Ministerio argentino de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (Mincyt). Yo estaba bien en España y no tenía decidido si volver o no. Presenté la solicitud y después de casi un año de evaluación la aceptaron. La estabilidad laboral que ofrecía el programa acá era muy buena porque yo me fui justo con la crisis, pero también vislumbré la crisis europea», señala. «El programa, cuyos fondos provenían de un organismo del Ministerio, el Foncyt, nos aseguraba un cargo en las universidades y garantizaba trabajar casi en lo mismo que estábamos haciendo afuera, además nos daba recursos, nos ofrecía capacitar estudiantes del doctorado y tener investigadores a nuestro cargo y, por supuesto, contar con estructura edilicia y recursos tecnológicos para poder continuar con nuestras investigaciones», agrega. Hoy, entre sus múltiples actividades, ejerce como docente en los diferentes grados universitarios y es coordinadora de proyectos de intercambio nacionales e internacionales de la universidad sanjuanina en la que alcanzó su primer título.

 

Política de Estado

Sin dudas uno de los programas de mayor envergadura que está promoviendo e implementando el Mincyt en referencia al regreso y la vinculación con los científicos argentinos que están en el exterior es Raices, sigla que da cuenta del espíritu con el que fue gestada la iniciativa: «Red de Argentinos Investigadores y Científicos en el Exterior». Se compone de varias líneas de acción destinadas al desarrollo de la ciencia y la tecnología en el país, para lo cual se fomenta la vinculación, por un lado, con los investigadores que viven afuera y deseen regresar, y por otro, con aquellos que, por diversas razones, no volverían al país, pero están dispuestos a aportar en este sentido a través de visitas para capacitación o evaluación de proyectos. Merced a esta red hay registrados 5.100 científicos argentinos que viven en el exterior. Han regresado hasta la fecha 1.062. El 53% proviene de Estados Unidos, Brasil, Canadá y México. El 45% vino de Europa, especialmente de España, Francia, Alemania, Reino Unido e Italia; el 0,8% de Asia y el 1,5% de Oceanía. El programa fue declarado política de Estado por la Ley 26.421 de 2008, lo cual implica que sólo por otra ley podría ser desactivado. Y se encuentra bajo la órbita de la Dirección Nacional de Relaciones Internacionales del Ministerio.


«Los científicos que regresaron están trabajando, ya sea en organismos públicos o privados, pues la condición para financiar su repatriación es que ya tengan trabajo acá. Y además quienes se postulen deben tener el mayor grado académico dentro de su área. El programa difunde la intención de los científicos de regresar por todo el sistema y el propio investigador arregla sus condiciones laborales. El otro requisito es que vengan a contribuir al desarrollo científico, no a realiza una actividad personal. Además es un programa dinámico pues muchas líneas de acción surgieron de propuestas que tanto el ministro Lino Barañao como yo hemos recibido en nuestros viajes oficiales o en las reuniones con los científicos que ya regresaron», señala la directora del área, la ingeniera Águeda Menvielle. Son muchas las iniciativas que encara el programa, por ejemplo, la financiación de redes de intercambio, equipamiento, repatriación de los científicos, realización de proyectos. No involucra un presupuesto fijo y no recibe ningún aporte de organismos de crédito internacionales, sino que se sostiene con fondos propios. «Mi evaluación general –dice Menvielle– es que es un programa estrella del Ministerio, tiene una visibilidad muy alta y nos ha permitido mejorar la calidad de la ciencia argentina a través de la vinculación con los científicos en el exterior y con los repatriados que han venido a desarrollar fuertemente áreas de vacancia que no teníamos. Esto es posible hoy porque el ecosistema científico-tecnológico ha cambiado muchísimo». Y agrega: «Hoy hay buenos salarios en el Conicet, hay también mayores posibilidades de entrar a la carrera científica, tenemos mayor cantidad de metros cuadrados de laboratorios y mayor financiamiento para equipos y proyectos de investigación».


La última propuesta aprobada del programa se llama Raices Siembra, destinada a fortalecer los laboratorios argentinos a través del asesoramiento en el uso de equipamientos por parte de investigadores argentinos que trabajan en el exterior. La localidad de Avellaneda, en la provincia de Buenos Aires, hoy hace gala de un nuevo centro de altos estudios: la Universidad Nacional de Avellaneda, creada por la Ley 26.543, de 2009. Brinda básicamente carreras que fueron pensadas con un fuerte arraigo territorial e histórico. Por ejemplo, las referidas a la problemática ambiental, las artes audiovisuales y las actividades físicas. En ese ámbito la socióloga Leticia Marrone es docente en la Carrera de Gestión Cultural y en la Tecnicatura en Intervención Socio-Comunitaria, así como asesora técnica del Área de Cooperación Internacional. Inició sus estudios en la UBA y en 2000 se fue a Italia, donde obtuvo su título de grado en la Universidad de Roma La Sapienza. Posteriormente realizó una maestría en cooperación en Italia y en el Reino Unido. En febrero del 2013 regresó a instalarse en la Argentina por medio del subprograma Subsidios de retorno, que forma parte de las opciones del programa Raices. «Viviendo en el exterior –cuenta Marrone a Acción– nunca perdí el contacto profesional con el país, de hecho mi tesis de grado en Roma se refería al fenómeno de las empresas recuperadas. Siempre seguí las temáticas nacionales. Siento que la distancia fortaleció mis lazos porque hay cosas que adquieren nuevos y más fuertes significados estando afuera. Y cuando uno regresa trae no sólo un bagaje de conocimientos, sino también contactos científicos que, en mi caso, puse a disposición de la Universidad. Es una época de internacionalización de los ámbitos académicos que se viene dando en todo el mundo y me parece un aspecto positivo de la globalización. Hay una valiosa transferencia de conocimientos, de know how y de recursos humanos».
Por su parte, Aciar señala que «la brecha entre el nivel científico que conocí en España y el que estamos construyendo aquí es cada vez menor. Al contrario de mi temor inicial, comprobé que se puede seguir trabajando igual, pero acá vale más todavía el esfuerzo porque muchas cosas están por hacerse. Allá se compite por mejorar, acá por hacer». Asimismo hace hincapié en el valor de aportar la experiencia adquirida afuera: «Sumado a todo eso, estoy cerca de mi familia, de mi cultura y de mis raíces».


En igual sentido se expresa la licenciada Marrone: «Es muy positiva la reparación de una pérdida histórica que han tenido las universidades nacionales. Y se ve beneficiada toda la educación pública por lo que significa la inversión que se hizo desde el sistema educativo. Se suma un capital de conocimientos y humano que trae el investigador y que redunda en beneficio de toda la sociedad. En lo personal, fue muy buena mi experiencia en el exterior, pero también está bueno volver a las propias raíces».
Es probable que en cualquier centro avanzado de investigaciones en el llamado Primer Mundo haya un argentino aportando sus conocimientos y su inteligencia, con la marca propia de su plus de creatividad para encarar problemas cuando se presentan imprevistos. Al menos sabe que, ahora, el Estado encara acciones tendientes a revertir una larga historia de desvalorización de los científicos.
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Marcela Fernández Vidal

Nota reproducción de Acción Digital – Edición Nº 1152