Las enfermedades de los chicos en el jardín de infantes

Agosto 2017

Actualidad

¿Son realmente inevitables las enfermedades que contraen los chicos cuando empiezan el jardín? 

El relato, de tan parecido, parece mil veces contado: “mi nene era re sano hasta que empezó el jardín”, “Los mocos no se le fueron nunca más”, “Desde que va a la salita de dos mi hija se agarra cuanta peste anda dando vueltas”; en tanto las respuestas del entorno próximo tampoco se hacen esperar: “Es re normal”, “Cuando arrancan van una semana sí y otra no”, “Pasa que están armando sus defensas”. Y así -entre resfríos, anginas virales, fiebres y varicelas- es como va transcurriendo ese primer año de escolarización, un tiempo a la vez signado por el entusiasmo, los naturales temores, la ansiada “adaptación” y ese despegue de los padres que por lo general tanto cuesta.

“Cuando nacemos tenemos la inmunidad todavía inmadura. Pero a partir de los nueve meses, y más o menos hasta el año, esa inmunidad ya termina de madurar. Con lo cual un chico se va a enfermar lo mismo si arranca el jardín al año y medio o a los tres”, explica la doctora Carolina Marotta, secretaria del Comité de Pediatría General Ambulatoria de la Sociedad Argentina de Pediatría. Según la especialista, es cierto aquello que se dice vulgarmente sobre que las personas tenemos una suerte de memoria inmunológica. “Cuando un virus entra al cuerpo por primera vez a los glóbulos blancos ‘se les pasa’. Por eso uno se enferma, aunque al curarse queda una especie de ‘chapita’ ahí instalada para que cuando ese mismo virus quiera volver a atacar, los glóbulos blancos puedan abortar la infección. Es entonces cuando uno tiene lo que llamamos ‘defensas’”.  

Gripe en el jardín de infantes

Existen también factores que no tienen que ver con la inmunidad, pero así y todo contribuyen a que a más chiquitos, más se enfermen. Es el caso del cambio diario de pañales, las manos mal lavadas o el hecho de que se lleven todo a la boca. “Las infecciones que se vinculan con la higiene son más preponderantes en los primeros tres años, pero no por el factor inmunológico sino por un tema habitacional”, señala Marotta. 

 

 

 

¿Es cierto que no hay forma de parar las enfermedades en el comienzo del jardín? Son muchas las voces que aseguran que la repetición de estos cuadros -si bien común- no es tan inevitable como parece. Y que si los padres respetaran a rajatabla los tiempos de recuperación (esto es: que los chicos se queden en casa hasta que la enfermedad realmente haya pasado), entonces las cosas podrían ser un poco diferentes.

Los padres pueden estar laboralmente muy presionados, eso es cierto. También lo es que muchos no tienen con quién dejar a sus hijos en caso de enfermedad, con lo cual el jardín se transforma en la única opción. “Nosotros sabemos que si llamamos a un papá o una mamá para que vengan a retirar a su hijo les complicamos la vida. Pero el tema es que no solamente tenemos que velar por la salud de ese chico, sino por la de todos los demás”, explica Verónica Bocalandro, directora de la Escuela Infantil “Eva Perón” del Ministerio de Industria. “Se entiende que se les haga difícil dejar el trabajo –agrega-. Pero a veces estamos con algún chico con 38 y medio de fiebre y aguantando con pañitos fríos, porque tampoco le podemos dar medicación”.

Bocalandro refiere haber tenido situaciones incómodas con los padres (como la vez que le pidieron ver el termómetro para asegurarse que el niño retirado efectivamente tenía fiebre) y recomienda, todas las veces que sea posible, que los chicos se queden en casa si han tenido fiebre, están caídos o muestran los ojos vidriosos. “Las maestras nos damos cuenta si les dieron ibuprofeno y los mandaron igual. Cuando tienen más de tres años, porque te lo cuentan. Y cuando son chiquitos, porque después de un par de horas el medicamento deja de hacer efecto y entonces tenemos que terminar llamando a los padres para que los vengan a buscar”, asegura.

Otra cuestión que suele generar polémica es la del alta médica, ese dichoso certificado que por lo menos por dos cuestiones se puede volver difícil de conseguir: la primera, porque hasta no estar segurísimos de que el chico no contagia, muchos médicos no lo dan; y la segunda, porque a veces es necesario atravesar media ciudad con un niño saliendo de una enfermedad para pasar luego una hora en una sala de espera… junto a una docena de críos estornudando. Los padres salen del consultorio con el sello y la firma que le permitirán a su hijo ir de vuelta al jardín, pero ¿de verdad era eso lo más conveniente?

“En las escuelas suele haber un reglamento que explica tanto las razones por las que un chico debe ser retirado como la modalidad de reingreso en cada caso. Depende de cada síntoma cómo se tiene que reincorporar”, marca María Victoria Zupan desde su experiencia en Jardines Maternales Diálogos. Y añade: “lo que además se pide es que, falten por la razón que sea, se comunique a la institución. Así, si llega a ser por una enfermedad, podemos dar aviso a la comunidad para que estén atentos a tal o cual síntoma”.

A la par de tener una política clara respecto de estos temas, los jardines tienen también la responsabilidad de mantener un estricto protocolo de limpieza y ventilar los ambientes, incluso a pesar del frío. “Tampoco es una nursery, pero hay cosas súper importantes como lavarse las manos después de limpiarle los mocos a un nene y que ese pañuelo no se vuelva a usar, ni siquiera para el mismo chico”, remata Zupan.

“Los objetos inertes como juguetes y mesitas pueden contagiar, pero muchísimo menos que el contacto directo con las secreciones de un pañuelo o la tos”, precisa Marotta y, en coincidencia con las docentes, sostiene que las instituciones tienen que ponerse firmes respecto de que los chicos enfermos no pueden estar en las salas. “Que las maestras digan: ‘No te preocupes, entendemos que trabajás, traelo igual que acá le damos el termofrén’ puede parecer una medida amigable, pero al fin y al cabo termina siendo perjudicial para ese niño y para todos los demás”.

¿Cuándo quedarse en casa?

Se llama “pródromo” al  período previo a la enfermedad, cuando la persona ya está infectada, pero no tiene síntomas. Y sin embargo ahí es cuando más contagia. “Si hay fiebre el chico está con una infección en curso y entonces no cabe la menor duda de que tiene que quedarse en la casa. Deja de contagiar por lo menos cuando cumple 24 horas sin fiebre y sin tomar antifebriles”, refiere Marotta. Según la doctora a veces no hay fiebre, pero sí otros indicios como ese moco que parece “agüita” (característico del inicio de las infecciones), los estornudos y los ojitos llorosos. “El agüita parece que no es nada, y sin embargo muestra el momento en el que el virus empieza a reproducirse y recontra contagia”, dice.

Pero tanto como el “antes” importa el “después”, es decir: el momento en el que un chico puede reincorporarse al jardín. “Depende bastante de cada infección y de cada inmunidad y a veces ni los mismos médicos sabemos cuándo se deja de contagiar. Por eso se usa la fiebre y el parámetro es siempre el mismo: 24 horas sin fiebre sin antifebriles”, insiste y explica que el período de recuperación es clave “porque además de poder contagiar ese chico que está saliendo de una enfermedad es más propenso a volver a enfermarse, ya que sus glóbulos blancos están ocupándose de la infección de la cual está convaleciendo, tiene las defensas más bajas y entonces es más propenso a contagiarse él mismo de otra cosa. Así se empiezan a encimar los cuadros, y es cuando los padres dicen: ‘hace un mes que está con tos, tiene tos crónica’. Y lo que tiene no es tos crónica, sino cuatro episodios encimados de tos aguda”, advierte.

La fiebre no es el enemigo

“La idea de que si hay fiebre hay que bajarla está mal. Es algo que tienen que cambiar los papás: los chicos vienen polimedicados con un antitérmico distinto cada tres horas, cosa que le hace ganar a la industria y perder a la población infantil. La fiebre sirve para que los glóbulos blancos actúen mejor, es un mecanismo de defensa y no tendría que bajarse”, enfatiza Marotta, que comprende que muchos padres quieren bajar la fiebre a toda costa porque tienen miedo de la convulsión febril, que no depende de la cantidad de fiebre sino del umbral eléctrico de cada persona y ocurre solamente cuando esta asciende bruscamente. “A los chicos que han tenido convulsiones sí hay que bajarles la fiebre porque uno no sabe en cuánto tiempo se dispara, pero así y todo la convulsión febril es un episodio que no tiene importancia clínica y jamás deja secuelas. Las demás veces, si el pibe tiene fiebre y realmente está molesto, se da antifebril. Pero aunque tenga 38, si se hidrata, come mínimamente y está bien no hay por qué bajar la fiebre”, concluye.

Entre todos

“Cuando hacemos las entrevistas iniciales los padres suelen estar súper ansiosos con el tema de la adaptación. Y lo primero que les decimos es que cuando uno tiene un hijo pueden pasar todas estas cosas: puede enfermarse y puede tener que quedarse en casa varios días. Es mucho lo que no se puede prever”, refiere Bocalandro.

Preservar la salud de los chicos –así como la de los adultos que comparten la tarea de formarlos- requiere en principio de un trabajo de hormiga con los padres, pero también de un llamado de atención a empleadores (para que sean considerados con el personal con hijos, que en muchos casos hacen acrobacias indescriptibles para conciliar su cuidado con el trabajo remunerado) y a los profesionales de la salud, (para que no sobremediquen cuadros que de lo principalmente requieren es de tiempo). Al fin y al cabo, lo que todos los chicos sin distinción necesitan es ser cuidados, por sus padres y por los adultos en general, porque son una responsabilidad de todos.