Los clubes de barrio dan pelea

Febrero 2018

Actualidad

Con un rol deportivo pero también social y educativo muy importante, afrontan la crisis recurriendo a la imaginación para generar nuevos ingresos de dinero.

 

“Teníamos dos opciones: aumentar la cuota para poder acarrear todos los gastos o salir a buscar nuevos ingresos para no tener que subir los aranceles”, dice Manuel Tascón, miembro de la Comisión Directiva de Imperio Juniors, un club de barrio con más de 80 años de historia ubicado en Villa Santa Rita, Buenos Aires. “Y resolvimos buscar otros recursos”, agrega enseguida. Las dificultades que deben atravesar estas instituciones tan importantes para la comunidad son casi tan antiguas como su propia existencia. Sin embargo, siempre hay tiempos peores que otros. Las grandes crisis económicas obligan a muchos a cerrar sus puertas. El resto resiste como puede hasta que pase la tormenta. Y una forma de pelear contra esos contratiempos es estimular la imaginación para pensar fuentes alternativas de recaudar el dinero necesario para subsistir.

En Imperio Juniors, un club fundado por inmigrantes europeos en 1935 y cuyo fuerte hoy es el básquet, los rebusques para no tener que trasladar a cuotas y aranceles los tarifazos en los servicios públicos y el aumento constante del costo de vida, incluyen el alquiler de sus gimnasios para eventos privados. Pero también armaron una tienda muy bien puesta con el merchandising oficial de la institución. Camisetas, mates y todo tipo de productos alegóricos tientan tanto a los socios como a los que se acercan acompañando una delegación rival. “Pero, ¿qué pasa? Todo esto nos ayuda a mantener la masa societaria y tener prolijo y pintado el club. Lo que no podemos es progresar”, se lamenta Tascón. Actualmente el club cuenta con aproximadamente 2000 socios que pagan una cuota social de 240 pesos y luego los aranceles de la disciplina que practiquen. Pero además hay otras 500 personas que sin ser socias activas también pagan por alguna actividad.

 

Penurias de barrio

El club que queda en la calle César Díaz 3047 es una de las 172 instituciones que integran el Registro Único de Instituciones Deportivas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 25 menos que en agosto de 2015. Según el sitio oficial del Municipio, a través de este empadronamiento “los clubes de barrio pueden acceder a subsidios, participar de los eventos y programas que organizamos desde la Ciudad, acceder a beneficios especiales y a tarifas sociales para servicios públicos”. Y además “pueden solicitar la exención del pago de Ingresos Brutos y recibir asesoramiento legal y contable”. Todo esto se desprende de la Ley de Fomento y Promoción de Clubes de Barrio de la ciudad, sancionada y promulgada en 2005. Sin embargo, Tascón niega que Imperio Juniors reciba subsidio regular alguno, a pesar de estar inscriptos y al día con todos los requerimientos. Aunque reconoce que se les está otorgando una recompensa a las entidades que colocan lámparas de LED para abaratar el consumo, reclama un proyecto de ayuda que se sostenga en el tiempo.

Los aumentos en las tarifas de los servicios públicos están golpeando fuerte a todas las entidades. Imperio Juniors, por ejemplo, pasó de pagar unos 4 mil pesos mensuales a facturas de entre 35 y 40 mil pesos. Pero no es la única dificultad que deben enfrentar. Muchos clubes sufren también la pérdida de socios y juicios laborales de ex empleados. A diferencia de lo que sucede con los profesionales de la educación en los colegios, los profesores de los clubes no cobran por “horas-cátedra”. En cambio, deben ser contratados por las instituciones con un régimen de medio jornal como mínimo, lo que promueve el trabajo en negro y, luego, los juicios laborales.
 

Ideas para subsistir

El impacto de la crisis económica en los clubes de barrio y de pueblo (así los tipifica la Ley Nacional 27.098 sancionada a fines de 2014) y la necesidad de estas instituciones de buscar la manera de sobrellevarla no hace distinciones geográficas. Es más, cuánto más pequeño es el club más difícil se le hace buscar otros recursos. Y en cada ciudad o pueblo del país hay instituciones de este tipo. María Correa es la presidenta de la Asociación de Clubes Deportivos de Paraná (Acludepa) y del Club Universitario Paraná, una entidad fundada en 1942 que está en una zona muy humilde de esa ciudad entrerriana. “El primer recorte que hace la gente hoy es el club”, dice quien maneja los hilos de una institución que a lo largo de su historia sobrevivió a siete sentencias firmes de remate. “Nosotros tenemos una cuota societaria de 60 pesos pero aun así estamos sufriendo la baja de socios porque los adultos se borran y dejan a sus hijos. Pero como los acompañan al club terminan ingresando sin abonar”, agrega Correa con un tono más complaciente que condenatorio. El club tiene hoy unos 100 socios mayores y aproximadamente 1000 chicos, aunque muchos están becados.

Los rebusques para sobrevivir no difieren tanto entre las distintas localidades. En Paraná, gracias al apoyo del municipio local que facilita la habilitación, los clubes alquilan sus salones para reuniones y bailes. “La mayoría de los clubes hacen rifas, que tampoco están funcionando demasiado, venden empanadas u organizan bingos, todo lo que sirva para generar un ingreso extra e inmediato que solvente, por ejemplo, los traslados de los chicos que compiten”, cuenta Correa a Revista Cabal. La opción de sumar disciplinas, en cambio, no es tan sencilla, pues implica gastos en profesores e infraestructura que sin ingresos de cuota son muy difíciles de afrontar. Así y todo, en Universitario se practica fútbol, patín, taekwondo y bochas, además de contar con un centro de arte.

En el interior el tarifazo también pegó fuerte. De 2 mil pesos por boleta de luz se pasó a pagar unos 12 mil. “La mayoría de los clubes de Paraná no han recibido de Nación el 40 por ciento de devolución de las tarifas. Es muy lento el sistema: primero hay que abonar, después pasar la boleta por fax y esperar que se deposite en una cuenta. Y encima muchos clubes no tienen personal administrativo porque no pueden pagar un sueldo en blanco de un empleado”, explica Correa. Lo que sí reciben los clubes de Entre Ríos es un descuento de un 30 por ciento que les hace la provincia.

En cuanto a los conflictos laborales que pueden determinar la quiebra de una entidad aquí también son moneda corriente. El Club Unión Agrarios Cerrito, por ejemplo, recibió en diciembre del año pasado una demanda de un millón de pesos de una ex empleada que fue despedida y alega daños en su salud.

 

Apogeo y decadencia

Como mencionábamos más arriba, la “crisis” de los clubes de barrio bien podría remontarse a sus mismos orígenes. Y es que en tanto entidades sin fines de lucro cuyo objetivo es brindar un servicio a la comunidad que los rodea siempre han priorizado facilitar el acceso de más gente. Y para ello, naturalmente, han reducido al máximo de las posibilidades sus cuotas y aranceles. El escritor Ángel Prignano, sin embargo, ha investigado la cuestión en el tiempo, aunque limitándose al barrio porteño de Flores, y profundizado sobre el apogeo y la decadencia de estas instituciones hasta concluir que hoy están en un estado de “casi extinción”.

En su libro “El Club de Barrio en la Ciudad de Buenos Aires” Prignano resalta el cariz “fraternal” y de alguna manera antagónico con que empezaron a emerger los clubes de barrio a comienzos del siglo XX en relación a las “asociaciones paquetas de minorías privilegiadas” que eran los clubes de elite con sus fastuosas sedes sociales. Fue la consolidación de la identidad barrial en las zonas periféricas (o arrabales) de la ciudad que se cristalizó hacia 1920 la que permitió el florecimiento de estos clubes verdaderamente populares.

Con el foco en la cantidad de instituciones de Flores que han desaparecido a lo largo del tiempo, Prignano destaca que “sobre los 99 clubes de barrio que actuaron en el siglo pasado y lo que va del presente, surge que 66 de ellos (algo menos del 67%) se han extinguido, mientras que solamente 16 (un poco más del 16%) han sobrevivido hasta nuestros días (…) Pero en un período más acotado, el que va de 1921 a 1960, se verifica que de esos 99 clubes, 58 (algo menos del 59%) cerraron sus puertas definitivamente, y solamente 8 de ellos (casi el 8%) han subsistido hasta la actualidad”. Estos números demostrarían que el gran declive ha tenido lugar hace más de 50 años, pero las políticas posteriores tampoco ayudaron a que pudieran volver a florecer, por lo menos al nivel que supieron tener en la primera mitad del siglo pasado. ¿Las causas? Por supuesto que para el autor son varias, se vinculan con la situación del país y van cambiando de acuerdo a cada década. En lo que concierne a los últimos tiempos, y olvidando por un momento las vicisitudes económicas, Prignano destaca algunos cambios de hábito que habrían alejado a la gente de los clubes, como por ejemplo el mayor individualismo y la reclusión hogareña de las capas medias urbanas, la transformación vía la televisión de los deportes de masas en espectáculos pasivos para mirar en lugar de deportes activos para practicar y la multiplicación de espacios privados como canchas de tenis, paddle o fútbol sala donde se debe abonar para jugar.

Sobre las distintas “estrategias para el aguante” también se extiende Prignano en su obra. “Un cierto número de clubes se sostuvo con sus escuelitas de fútbol y de artes marciales, academias de tango, bailes populares, modestos bingos y aun alquilando sus canchas y salones para encuentros deportivos, fiestas particulares y otros actos sociales. Algunos incorporaron aparatos de alta tecnología para montar sus propios gimnasios o permitieron que lo hicieran terceras personas compartiendo gastos e ingresos. Otros directamente alquilaron sus salones para que el arrendatario utilizara sus propios aparatos y trabajara independientemente. Unos cuantos aguantaron como humeantes garitos para el juego de dados y naipes por dinero. Quién podría juzgarlos. Los más trocaron sus humildes bufés en bares de amigos o cantinas familiares y aun ambas cosas. Muchos apelaron sin prejuicios a la amalgama de casi todos –si no todos– estos recursos con tal de escaparle a la disolución, pero ahora están colgados de la cornisa en espera de una tarifa social de agua, gas y electricidad que les permita seguir funcionando”, escribe.

Con todas sus dificultades a cuestas los clubes de barrio aún subsisten. Y con ellos una tarea que excede largamente lo deportivo: su rol es también social y educativo. Sin ellos, muchos más pibes terminarían en la calle sin un horizonte. Por eso vale la pena seguir dando pelea.

 

Fotos: istock