Primera cita: de lo virtual a lo real

Marzo 2018

Actualidad

Las redes sociales y las aplicaciones dedicadas a “conocer gente” están cada vez más difundidas y generan menos prejuicios. El libro Primera cita, amor y decepción en tiempos de Facebook y Tinder, escrito por el periodista Martín De Ambrosio, revela cómo se conjugan.

Hasta hace un poco más de una década confesar que se había conocido a la pareja por internet no dejaba de sonar a excentricidad, a pesar de que la red de redes estaba más que instalada. Pero desde entonces son tantas las historias “de éxito” de quienes alguna vez descubrieron el amor por la vía virtual -amén de la proliferación de chats, aplicaciones, redes sociales y sitios de citas- que los temores fueron poco a poco apañándose para que la web pueda revelarse como lo que es: un lugar más en el que la gente se encuentra.

En la internet de las citas bien cada uno es el encargado de presentarse, filtrar, elegir y decidir entre miles y miles de posibles candidatos. ¿Qué tiene de bueno eso? Para empezar, que se puede obtener abundante información de la persona antes de verla. Pero también que es posible ir al propio ritmo sin abrumarse por “tener que salir a conocer gente”. En el cuadrante de lo negativo podría mencionarse el hecho de que por lo general las personas en el mundo virtual se esfuerzan demasiado por mostrar de sí determinado perfil  y, muchas veces,  las decepciones pueden llegar a ser grandes.

Primera cita

“La situación de la primera cita tiene varias particularidades. Dos desconocidos o semidesconocidos que a la vez tratan de mostrarse atractivos analizan si la persona que tienen enfrente resulta efectiva y suficientemente seductora. El escenario es, por lo general, el terreno neutral de bares y restaurantes, aunque también hay cines, casas, un parque” escribe el periodista Martín De Ambrosio en el libro Primera cita, amor y decepción en tiempos de Facebook y Tinder, recientemente publicado por Planeta.  Y prosigue: “La situación está tan estandarizada que hasta se establece una rutina, que como toda rutina baja el nivel de incertidumbre y sosiega.

 

Por ejemplo, ciertos temas que tocar (trabajo, hobbys, ex parejas); cosas que hacer (un trago, una comida, un beso; sexo, si escala el entusiasmo); maneras de mostrarse (relajado y a la vez ansioso), así como temas que mejor evitar (política, religión, acaso fútbol)”.

Las cuarenta y una historias que el libro rescata -y que también se remontan a la época del Messenger e incluso del ICQ- discurren por esos desvanes complementándose con la dosis justa de condimentos jugosos, insólitos y hasta tiernos que las vuelven dignas de aparecer en el volumen. El mismo autor confiesa que la idea fue plasmar relatos que circulan como chismes o anécdotas de asado y que tal vez, “con viento a favor”, sean capaces de ilustrar con precisión cuál es la forma en la que las personas hoy se vinculan.

“El Tinder es así: podés estar charlando una semana y no te ves nunca; o hablar boludeces y tener una cita al rato”, dice una de las protagonistas, Mariana, que también alecciona: “En Tinder se ven fotos, luego pasás a Facebook y ves más fotos”. Lo que le pasó Mariana es que a través de esa aplicación conoció a un chico que en principio le gustó, aunque desde que la pasó a buscar sin bajarse del auto le pareció “medio cortito”. “Era cortito, en efecto, pero parecía querer simular altura. Para colmo, ese día yo me había puesto unos zapatos con una pequeña plataforma”, cuenta algo ofuscada. Prometió llevarla a un “bar distinto” y efectivamente lo hizo: el lugar estaba en medio de un bosque y los mozos atendían a la gente directamente en el auto.  “Desde el momento en que tomó esa actitud de no pararse, no me interesó. Hay que pelearla con lo que tenés -concluye- no tratar de taparlo o imaginar ardides para zafar”.

“En el ICQ tenías un número kilométrico. Larguísimo. Buscabas gente con intereses similares, libros, bandas. Y si te iba el perfil, que notablemente era sin foto, empezabas a charlar. Recién después de una larga charla había intercambio de fotos”, recuerda Celina en otra de las historias. “Tuve varias citas fallidas -agrega-. Había muchos mentirosos, que decían cosas que después no eran, pasaban fotos en las que se parecían a Hugh Grant, o gente totalmente intrascendente con la que después decidimos no vernos más”. Luego relata de la vez en la que conoció a un pibe bastante bonito y que le iba gustando hasta que al final de la velada, después de haberse reído y tomado cerveza durante cerca de cuatro horas, él la despidió con un beso en el cachete a la vez que le decía: “Chau, Celina, me divertí mucho, sos una masa”.

En un capítulo del libro Intimidades congeladas la socióloga marroquí Eva Illouz analiza las conductas que adoptan quienes buscan pareja en internet. Y observa con mucho detenimiento el proceso de autopresentación en el que la apariencia física adquiere una importancia nueva y casi aguda. “A pesar de los aspectos descorporeizantes de internet, la belleza y el cuerpo son omnipresentes, pero ahora porque quedaron congelados, convertidos en imágenes que congelan el cuerpo en el eterno presente de la fotografía”, escribe Illouz, que también advierte que a efectos de conocer a otra persona es preciso concentrarse en uno mismo, en la propia percepción de sí, así como en el propio ideal y en el ideal del otro. Otra de sus apreciaciones es que en la web se invierte el orden en el que las interacciones románticas se condujeron tradicionalmente. “Si la atracción suele preceder al conocimiento de otra persona, aquí el conocimiento precede a la atracción, o por lo menos a la presencia física y la corporización de las interacciones románticas”, explica. La pregunta que entonces surge, o que más bien queda flotando, es si eso tiene que ser necesariamente algo negativo o si podría tal vez constituir una vía real, efectiva y consciente de sacarnos de la soledad.

 

Fotos: istock y Editorial Planeta