Talleres literarios, usina de estilos

Noviembre 2015

Actualidad

La Argentina expresa un fenómeno que se ve en pocos lugares: la cantidad de gente que asiste a diversos talleres de escritura -en la mayoría de los casos dictados por reconocidos escritores- crece cada año y es actualmente un espacio privilegiado para la formación de autores de todas las edades. Opinan las escritoras y docentes Alejandra Laurencich, Alejandra Zina, Laura Galarza y Gabriela Cabezón Cámara.

  Una de las primeras preguntas que suelen surgir al hablar de los talleres literarios es ¿para qué sirven?  Teniendo en cuenta la proliferación de estos espacios en los últimos años en nuestro país, la respuesta a esta pregunta parece cobrar fuerza.  Muchos escritores consagrados han manifestado su desconfianza en relación a eficacia de la transmisión del oficio de escribir: muchos de ellos consideran que leer buena literatura es el mejor modo de aprender, y que entonces bastaría con proveerse de una buena biblioteca. Pero están también aquellos otros que sostienen que los espacios de lectura, producción y discusión son la mejor alternativa para que incorporen herramientas y recursos aquellos que se deciden a aprender.

  Abelardo Castillo es uno de los que propone la lectura a conciencia, y  sin embargo, él mismo dicta talleres de los que han surgido grandes escritores. Su caso parece probar que ambas posiciones pueden no ser excluyentes e incluso pueden ser complementarias.

  Lo que en otro tiempo fue una práctica de pocos fue conquistando una concurrencia masiva y hoy la oferta es amplia en propuestas y estilos.

  Existen los talleres con cierto aire mítico –de donde,  suele decirse, que todo el mundo puede salir publicando-. Entre ellos se encuentran los de Guillermo Saccomanno y Liliana Heker. Ambos dictan talleres de los que han surgido escritores que  se convirtieron en autores prestigiosos, y cada uno propone su método: Heker –de sus cursos surgieron autores como Inés Garland, Silvia Schujer y Pablo Ramos, entre otros-, ha dicho que en sus talleres fomenta la lectura y la corrección como pilares indispensables del proceso de aprendizaje, así como la crítica implacable, que considera necesaria. Los textos deben corregirse tantas veces como sea necesario. Saccomanno -con él cursaron Claudia Piñeiro, Angela Pradelli y Laura Galarza, entre tantos- sostiene, por su parte, que sus talleres orientan a los alumnos para que encuentren su voz propia.
    En la actualidad, existen una multiplicidad de opciones. Revista Cabal preguntó a varias escritoras que se dedican a dictar talleres cuál es su opinión al respecto.

      Alejandra Laurencich ha publicado además de novelas y cuentos (Vete de mí, Lo que dicen cuando callan, Las olas de mundo) un libro que es en sí mismo es un taller ambulante: El taller. Nociones sobre el oficio de escribir  reúne una serie de capítulos que despliegan los principios del arte de escribir. En su visión, un taller literario sirve para “guiar al autor que quiere obtener recursos y herramientas narrativas, para que logre no sólo esos recursos sino, sobre todo, el entrenamiento para ir encontrando su propia voz, su propio lenguaje; que aprenda a distinguir dónde hay un planteo de cuento o dónde puede estar el germen de una novela, que aprenda a ser autocrítico y a elaborar un texto hasta sacarle todo el jugo posible. Si para esto tiene que descartar textos, párrafos enteros, ideas, que pueda hacerlo sin titubear”

    Alejandra Zina ha publicado un libro de cuentos Lo que se pierde y la novela Barajas y también dicta talleres de escritura y de lectura. Ella pone el acento en la experiencia compartida: “El taller es un lugar de concentración, donde se comparte la experiencia de escritura, se ejercita la lectura en voz alta para descubrir lo que suena y lo que no o la distancia entre lo que tenías en la cabeza y lo que finalmente quedó en el papel, se entrena el oído escuchando los textos de otros y comentándolos. El taller te puede dar disciplina, algunos permisos, una guía para corregir, un auditorio atento, pero no te enseña a escribir. Como nos decía Laiseca, a escribir se aprende escribiendo.”

   En esta línea de la escritura como práctica que enseña por sí misma, se encuentra también Laura Galarza, autora del libro de cuentos Cosa de nadie y docente de talleres de narrativa. “El taller debe por sobre todo, alentar el ejercicio sobre la propia escritura. Como el cincel sobre la piedra poner al descubierto lo mejor de ese potencial escritor. Por eso en mis talleres propicio además de la producción de textos, la reescritura. No soy condescendiente y aliento a mis alumnos a que no lo sean, aunque con humildad y formación crítica: para poder apreciar el texto del compañero debo fundamentar mis juicios. De lo contrario no deja de ser una opinión. Creo en el talento pero más aún en el trabajo y la concentración. Así que a la hora de armar grupos valoro menos el nivel que la relación a la escritura. Cada integrante comprometido con su texto y con el del otro, potencia en todos, el deseo de escribir.”

  Pero ¿qué es exactamente un taller literario? Podría empezar por decirse que es un espacio de encuentro donde luego suceden cosas ligadas a la literatura. Los talleres pueden tomar distintas formas: de consignas pautadas, de trabajo libre, de lectura en voz alta y de crítica compartida, de escritura extensiva o breve. Más allá de las semejanzas entre las distintas propuestas, siempre existirán las diferencias, entonces, cada taller tomará el sesgo de quién lo dicte.

   Alejandra Laurencich cuenta a Revista Cabal la dinámica de sus talleres: “Los míos son talleres en los que se trabaja directamente sobre los textos que traen los autores, no hay consignas ni ejercicios. Se valora mucho el oficio, el trabajo sobre el texto. Intento que cada autor consiga el vínculo apropiado entre lo que tiene en mente y el resultado obtenido en el traspaso de esos textos al papel. Intento liberarlos del lenguaje heredado que traen y que muchas veces está atiborrado de formas literarias ajenas, es decir, ni originales ni propias del autor. Esto es indispensable para poder ir encontrando la propia voz, despojarse de lo que escribieron otros. Y ser autocrítico con la obra que se va construyendo.   
   Los grupos de taller son pequeños, y el clima entre los autores es muy estimulante, nada competitivo, y no porque se aplaudan gratuitamente -yo no doy talleres de estímulo o contención-, sino por el contrario, todos buscamos que el texto del otro luzca todo su potencial. Cuando se consigue esto, el aplauso llega naturalmente y como es sincero, todos disfrutamos.”

  Galarza, por su parte, explica: “La gente trae una novela empezada o textos sueltos o ideas desordenadas y yo sugiero algún camino para arrancar, después el trabajo es entre todos. Yo me apoyo en el grupo y en sus devoluciones que suelen ser muy lúcidas.  También doy talleres de lectura, pero son otra cosa. Viene gente que escribe y gente que simplemente le gusta leer. En las reuniones compartimos ese hecho placentero (y solitario) que es la lectura y yo aprovecho para difundir autores y relatos que me gustan. También el taller debe funcionar como una guía de lectura personalizada. Qué leer, cómo y por qué. Para escribir es condición ser un lector cada vez más consciente e inquieto.  Como el personal trainer que te saca así esté lloviendo o hace frío, el taller ayuda a matar las excusas y robarle tiempo al mundo. Disfrutar de pasarse dos horas discutiendo el valor de las palabras sin preocuparse por un rato, cómo llegar a fin de mes.”

   Gabriela Cabezón Cámara, autora de La virgen cabeza, Le viste la cara a Dios, Beya y Romance de la negra rubia, describe así su modalidad de trabajo: “Trabajamos en etapas. En principio, exploramos la voz, buscamos lo que es propio, lo más fuerte de cada uno. Sobre esas fortalezas comenzamos a construir; sugerimos líneas posibles para continuar, lecturas para enriquecer, lo charlamos entre todos. Trabajamos en mejorar los aspectos más débiles de cada escritura. Y generamos vínculos: un escritor necesita pares para discutir lo que está haciendo, es fundamental.”

   La idea del talento innato que no requiere de perfeccionamiento se ha argumentado a la hora de refutar la importancia de los talleres literarios, inclusive, se han armado listas con todos los nombres de los grandes escritores que nunca pasaron por un taller literario. Es un argumento tan válido, y a la vez discutible, como cualquier otro. Cada uno tomará la decisión que crea mejor. Si lo que busca es un lugar de experiencia compartida, de disciplina, de concentración, de reescritura, de trabajo en compañía y de construcción de autocrítica podrá acercarse al escritor que prefiera, entre los que ejercen la docencia, y transitar su propio camino.
 
  Si bien el talento y la voz singular no se transmiten, sí hay principios de la práctica que hacen que, quién quiera desarrollar su escritura, encuentre e incorpore herramientas útiles para expresarse y pueda compartir su vocación con otros.

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