Todo empieza en marzo

Febrero 2017

Actualidad

Cuatro claves para no volverse loco cuando la agenda diaria parece explotar de actividades

El año calendario arranca en enero, pero el año de verdad –el de las clases, los cursos, los turnos médicos y los compromisos laborales en serio- no suele dar comienzo hasta marzo, cuando se supone que todos volvieron de vacaciones y el calor, con suerte, amaina unos grados. Marzo suele ser el mes de fijarse metas –desde abandonar el cigarrillo hasta arrancar el gimnasio, aprender otro idioma o hacer por fin esa visita al dentista- lo que si bien resulta fantástico puede también generar cierto grado de ansiedad, esa sensación de ahogarse en unos objetivos que parecen más de lo que podemos abarcar. Trabajamos bastante, viajamos muchas horas y a veces, para peor, dormimos menos horas de las que deberíamos. ¿Cómo se hace para no abrumarse cuando encima no paran de sumarse actividades a una agenda que de por sí explota?

Marita Gasco tiene su vida dedicada a aliviar su propio sufrimiento y el de los demás. Se recibió de médica y trabajó como clínica hasta que se dio cuenta de que “eso de ocuparse de cuerpos sin saber qué pasaba con los seres que los habitaban” no terminaba de cerrarle. Siguió entonces la especialización en psiquiatría y psicoterapia. Y hoy es además instructora de Mindfulness (meditación de atención plena), dicta programas de reducción de estrés en Visión Clara y practica el budismo. Según explica, el estrés no tiene que ser de por sí negativo: el tema es cómo nos lo tomamos. Para no complicarnos de más pero a la vez lograr lo que nos proponemos, brinda estos cuatro consejos.

Primero, estar presentes dónde estamos

Vivimos acelerados haciendo mil quinientas cosas al mismo tiempo, y sin embargo son demasiadas las veces que no terminamos de estar presentes en ninguna de ellas. Llevamos a los chicos al colegio, pero en realidad estamos atentos a la radio. Vamos con ellos a la plaza, pero pasamos más de la mitad del tiempo mirando la pantalla del celular. “Es estar y a la vez no estar. El cuerpo está en un sitio y la mente en otro diferente, y más que nada en otro tiempo y lugar. Eso genera un nivel de insatisfacción tremendo, porque es como vivir sin vivir”, advierte Gasco. ¿Cuál es, entonces, la recomendación? Que intentemos, simplemente, estar presentes adonde estamos, en eso que hacemos, porque de esa forma se nos abrirá la posibilidad de habitar y también de disfrutar.

Como para empezar a ejercitar el hábito la doctora recomienda detenerse en el momento de la comida: apagar las pantallas, tomarse un momento para mirar los alimentos, sus colores, sentir el aroma, cortar chico y degustar en la boca. “Es una forma bastante fácil de entrenarse en esto de estar en el presente”, dice. Otro consejo es apagar el teléfono por lo menos de a ratos, ya que se trata de una de las vías por las que más habitualmente “nos vamos” de donde estamos.

Segundo, fijarse objetivos honestos

Trazarse metas para el año está perfecto. Pero también hay que pensar a qué responden esas metas, si a lo que realmente deseamos en nuestro corazón o a imposiciones desde afuera que poco tienen que ver con nosotros. “Nuestra sociedad occidental está muy orientada a los logros, pero no a los procesos. Y eso genera que las personas entramos en burn out, porque estamos siempre corriendo atrás de una zanahoria y (una vez más) no habitamos en el presente”, explica Gasco. Por eso la idea es trazarse unos objetivos honestos y luego solo transitar la experiencia de lo que nos toca, haciendo lo mejor que podamos con los recursos que tenemos.

Tercero, parar la pelota

Si vamos a 300 kilómetros por hora, lo más posible es que no nos enteremos de nada. Pero al bajar el ritmo empezamos a ver otras cosas, porque aumenta el espacio mental para reflexionar, aprehender detalles significativos y hasta tomar decisiones más acertadas. “Una emergencia es un hematoma epidural que un neurocirujano tiene que drenar en 45 minutos. Pero la gran mayoría de las cosas por las cuales nos ponemos tan ansiosos no son emergencias”, asegura Gasco, que recomienda dejar de prestar tanta atención al teléfono, escuchar con atención cuando las personas nos hablan y tomar unas respiraciones cuando uno siente que está demasiado acelerado.

Cuando uno decide no correr, el estado mental es diferente. Además, lo más probable es que lo único que ganemos con el ritmo vertiginoso son apenas unos pocos minutos: poco y nada en comparación con el placer de andar por la vida con menos apuro, más calma y mucha más conciencia.

Cuarto, alejar los pensamientos negativos

Hace mucho que se sabe que los humanos no reaccionamos tanto a las circunstancias externas en sí como a las interpretaciones que hacemos de ellas. Por eso si nuestros pensamientos son de miedo, o de impotencia, lo más probable es que la pasemos mal. Pero si intentamos tener una mirada positiva esa predisposición nos ayudará a atravesar las situaciones que nos toquen de otra manera.

La pregunta queda picando, ¿cómo se hace? “Eso se entrena”, asegura Gasco, para quien se trata de desconectar esos pensamientos llevando la atención a otro foco. “La mayoría de las personas tenemos un repertorio que nos resulta conocido, cada uno conoce su tango. Y ante determinadas situaciones, por más que nos haga mal, ponemos ese tango y lo escuchamos una y otra vez”. Según la especialista la idea es que ni bien aparecen esos pensamientos automáticos que nos ponen en un estado negativo, los reconozcamos y cambiemos el foco de atención, volviendo al tiempo presente, a la realidad de aquello que estamos haciendo y a lo que sucede aquí y ahora .

Si podemos encontrar el famoso “lado positivo” a cualquier situación que se nos presenta podemos llegar a cambiar la vida. Lo primero puede ser practicar una cualidad tan devaluada como la paciencia. Como dicen los budistas: “todo depende de la mente”. 

Foto: Shutterstock