Cáscara de nuez

Marzo 2017

Entretenimientos

Uno de los libros recomendados de este mes es Cáscara de nuez de Ian McEwan, editado por Anagrama.

       Hamlet, se dice, hay uno solo e insuperable: el de Shakespeare.  Pero no por tener conciencia de ello, y sin la pretensión de superarlo, varios escritores se han lanzado en diversas ocasiones a la recreación de su historia (El príncipe negro, de Iris Murdoch; Gertrudis y Claudio, de John Updike, o La broma difícil, de David Foster Wallace) o la invención de otras a partir de los distintos personajes del libro teatral (Guildenstern y Rosencrantz han muerto, de Tom Stoppard, o La noche que Fortimbras se emborrachó, de Janusz Glowacki. El año pasado, con motivo del cuatricentenario de la muerte del poeta inglés, muchos autores, entre ellos Ian McEwan fueron convocados en Gran Breteña para hacer distintas reescrituras de Shakespeare. McEwan, que al principio había dicho que sí, luego desistió, pero no porque no tuviera en su cabeza un proyecto, sino porque prefirió cortarse solo y hacer una novela que no tuviera relación con aquellos festejos.

     Así nació Cáscara de nuez, una novela en la que este extraordinario escritor hace una prodigiosa pirueta narrativa y cuenta de nuevo la historia de Hamlet pero a partir de la conciencia de un feto que está a un mes de nacer y se entera por los diálogos que tiene su madre Trudy con su tío Claude, obviamente amantes, que están por asesinar a su padre John para quedarse con una mansión georgiana valuada en ocho millones de dólares y que le tocará a ella por herencia. Desde el vientre materno, donde oye todos los diálogos que mantiene su madre y disfruta los ricos vinos que ella saborea, este testigo inusitado de la preparación del crimen de su padre sufre y complota a su manera para evitar lo imposible: el crimen, mientras reflexiona de diversas formas sobre las maldades del mundo. 

       Algunos críticos han rechazado esta nueva narración de McEwan y otros lo han celebrado como una pieza maestra. Tal vez no sea la mejor de sus obras, pero como siempre el autor de Sábado o Extinción exhibe una impecable pericia técnica y una voz que, aunque en un juego literario tan audaz e ingenioso como éste que podría desvirtuarla, sigue sonando siempre muy personal, de un tersura difícil de lograr. Ningún lector que siga a McEwan, y mucho menos si no lo ha leído nunca, se desencantará de leer esta verdadera joyita que, además de contarnos otra vez Hamlet, lo hace con muchísima creatividad y un humor que transforma el paso por sus páginas en un verdadero placer y un ejercicio que su practicante nunca quisiera terminar.