Agua ardiente

Septiembre 2017

Entretenimientos

Si el rock argentino ha muerto, ¡viva el rock! Los discos modelo 2017 de bandas como Él Mató a un Policía Motorizado o Pez, entre otros, desmienten rotundamente la aseveración de ese final tantas veces anunciado. Agua ardiente, el tercer álbum de Los Espíritus, sin dudas integra esa lista. Es una lista proporcionalmente más corta que otras de años o, en especial, décadas anteriores, pero hay nombres de grupos o solistas muy respetados y respetables, con más o menos historia, que mantienen vivos al género y a sus muchos subgéneros.   

Como en las otras dos bandas mencionadas, la que lidera Maxi Prietto (que ya se había destacado como solista y con su particular dúo Prietto Viaja al Cosmos con Mariano) no se aferra a la rigidez de los géneros. Tampoco a la pretensión de modernidad ni a la ruptura con los orígenes. Todo lo contrario. Más aun, hurgan en otros ritmos, menos emparentados con el rock y más con el blues y cierta psicodelia, como ya lo habían demostrado en sus anteriores Los Espíritus (2013) y Gratitud (2015).

Una identidad, alejada de la música a medida de la época que propone el marketing musical global, que les brinda la fortaleza que dejan ver en Huracanes (“Como mares/ Que quiebran las rocas/ O huracanes/ Que llevan las olas/ Así de fuertes somos/ Vamos caminando hasta el sur/ Hasta la montaña/ Vamos caminando hasta el sur/ Hasta encontrar/ Lo que olvidamos entre el oro”), que a la vez parece un rescate de un tiempo y un lugar originales.

Agua ardiente, que tal vez sea, literal y metafóricamente, agua y fuego, como en Jugo (“No es mi tarea elegir/ Si la marea lleva o trae/ Iré por donde alumbre el sol”) o en Esa luz (“Esa luz, que ha iluminado al sabio, espera/ Tus brazadas, las más largas/ La búsqueda es el camino/ Esa luz no va a golpear jamás tus puertas/ Anda y nada en sombras a su encuentro”). Nada parece inocente, gratuito o azaroso en el universo de Los Espíritus.

Tampoco lo es en términos musicales. Va de la balada, como en Perdida en el fuego (“Tus dones/ Tu sombra/ De bruja/ Se queman en la hoguera/ Y tu canción/ Y tus ganas de cantar/ Perdida en el fuego”) o Luna llena (“Si cambian los colores/ Del cielo/ Mis ojos seguro/ También cambian/ ¿Dónde está la luna?/ Se junta el cielo negro con el negro del mar/ Te estaré esperando/ Luna llena”), al rock and roll de El viento (“No pondrás tu firma en cada fruto/ No pondrás jamás un dólar en la frente de cada animal/ No enseñes a tus hijos/ Pregúntales mejor/ Que ellos vieron tus manos/ Y tus dichos morir”).

Y, claro, ese particular acercamiento de la banda al blues, un poco al modo de los pioneros locales y dando cuenta, a su manera, del estado de situación: La mirada, Mapa vacío, Las armas las carga el diablo y, muy especialmente, La rueda: “La rueda que mueve al mundo/ Va a girar y girar/ Dinero, sangre, humo/ Eso la hace girar/ La rueda alimenta a unos pocos/ Para nosotros no hay/ Más que palizas o entretenimientos/ Para poder aguantar/ Vamos a trabajar/ Y después a comprar/ Y hacer la rueda girar y girar y girar y girar y girar”.

 

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